El reciente repunte del precio del crudo ha reavivado comparaciones con episodios anteriores de tensión energética. Desde 1970, se han producido seis grandes picos similares antes del actual. Los cinco primeros coincidieron con recesiones económicas, y los dos de la década de 1970 no solo provocaron caídas en la actividad, sino que también impulsaron la inflación, dando lugar a una década perdida marcada por la estanflación en los mercados bursátiles.
El episodio más reciente antes del actual fue el de 2022, que coincidió con un mercado bajista en acciones, aunque en ese caso no hubo recesión. La conclusión entonces fue clara: la economía estadounidense había vuelto a demostrar su capacidad de resistencia. Y lo cierto es que esa resiliencia no ha sido puntual. Se ha repetido desde el inicio de la década, atravesando eventos como la pandemia, las disrupciones en las cadenas de suministro, el repunte de la inflación, el endurecimiento monetario de la Reserva Federal, la quiebra de varios bancos, la imposición de aranceles y la desaceleración del crecimiento del empleo.
Esta resiliencia estructural implica que los shocks del petróleo hoy generan menos inflación persistente y provocan impactos mucho más moderados sobre el crecimiento en comparación con el pasado. En otras palabras, el vínculo directo entre subidas del crudo y episodios prolongados de estanflación es hoy mucho más débil, especialmente si lo comparamos con lo ocurrido en los años 70.


Una de las razones clave es que la economía estadounidense necesita hoy mucho menos consumo energético por unidad de PIB que en décadas anteriores. Esto refleja mejoras en eficiencia y, sobre todo, una transición estructural desde una economía intensiva en manufactura hacia una más centrada en los servicios. Como consecuencia, los repuntes del precio del petróleo tienen un menor efecto inflacionario y causan menos daño a la actividad económica real que en el pasado, cuando la intensidad energética era considerablemente mayor.

Esto no significa que el factor energético haya dejado de importar. De hecho, podría volver a ganar relevancia si ciertas tendencias —como el crecimiento de los centros de datos y la demanda energética asociada— no se gestionan con mejoras de eficiencia, algo que se espera que ocurra. Aun así, el punto de partida actual es claramente más favorable que en décadas anteriores.
Desde el lado del consumidor, la economía también muestra una mayor capacidad de absorción de estos shocks. El peso de la gasolina y de los productos energéticos dentro del gasto total de los hogares ha ido descendiendo con el tiempo y actualmente se sitúa en niveles históricamente bajos. Esto implica que un aumento en el precio del petróleo tiene un impacto más limitado en el poder adquisitivo que en el pasado.

En el lado de la oferta, el cambio es aún más significativo. Estados Unidos ha alcanzado un nivel de independencia energética que no existía en los años 70. Desde 2023, la producción de crudo y otros líquidos derivados del petróleo ha superado de forma consistente la demanda interna. Este factor reduce la vulnerabilidad externa y transforma parcialmente el efecto de las subidas del petróleo, que ahora también pueden traducirse en mayores ingresos para el sector energético doméstico.
En conjunto, el actual shock del petróleo no puede analizarse con las mismas lentes que los episodios históricos. Aunque sigue siendo un factor de riesgo, la estructura económica de Estados Unidos ha cambiado lo suficiente como para amortiguar sus efectos. El petróleo sigue importando, pero ya no domina el ciclo económico como antes. Y eso, en un entorno de tensiones geopolíticas y volatilidad energética, marca una diferencia clave.
