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Ben Carlson es gestor de carteras para instituciones e inversores en Ritholtz Wealth Management LL. Escribe habitualmente sobre gestión patrimonial, inversiones, mercados financieros y psicología del inversor.
Ben Carlson / Ritholtz Wealth Management LL

 

Estoy convencido de que cuanto más datos económicos tenemos, más enfadados nos volvemos. Hoy en día puedes trocear los datos de mil maneras distintas, y siempre vas a encontrar una forma de hacer enfadar a alguien. Es el precio del progreso.

Hay dos gráficos virales que han estado circulando durante el último año que reflejan perfectamente este problema.

El primero, de la Asociación Nacional de Agentes Inmobiliarios, mostraba que la edad media de los compradores de vivienda en 2025 era de 59 años. Eso supone un salto enorme respecto a los 30 y pocos años en los años 80. No es precisamente una tendencia tranquilizadora.

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El segundo gráfico afirmaba que el 10% más rico concentra casi la mitad del gasto del consumo. Es la famosa narrativa de la economía en forma de K: los ricos cada vez más ricos y el resto luchando por las sobras.

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No es difícil entender por qué estos gráficos generan frustración, especialmente entre los más jóvenes. La idea es clara: los mayores y los ricos están acaparando todas las oportunidades. Vivienda, consumo, todo.

El problema es que, aunque la historia suena convincente, los datos no son del todo correctos.

En el caso de la edad de los compradores de vivienda, el dato proviene de una encuesta. Y las encuestas tienen un sesgo evidente: los jóvenes responden mucho menos que los mayores. Eso distorsiona los resultados.

De hecho, análisis basados en encuestas mucho más amplias y rigurosas, como la American Housing Survey o la American Community Survey, muestran algo muy distinto. Según estos datos, la edad media del comprador en 2023 fue de 41-42 años, prácticamente sin cambios en la última década.

Es decir, a pesar de uno de los mayores shocks de accesibilidad de la vivienda en la historia reciente, la edad media de compra no se ha disparado como sugiere el gráfico viral.

Algo parecido ocurre con la idea de que el 10% más rico representa el 50% del consumo. Los datos oficiales cuentan otra historia bastante diferente.

Estimaciones más precisas muestran que el 10% superior representa alrededor del 22%-23% del gasto total, muy lejos de ese supuesto 50%. Incluso el 1% más rico solo representa entre el 2% y el 3% del consumo.

Además, el 80% inferior de la población genera aproximadamente dos tercios del gasto total, y el 60% más bajo cerca del 42%. Es decir, la economía sigue dependiendo de forma muy significativa del consumo de las rentas medias y bajas.

Otro dato interesante: en 2025, los hogares con ingresos inferiores a 50.000 dólares registraron un crecimiento del gasto del 5%, frente al 4,6% de los hogares con ingresos superiores a 100.000 dólares. La brecha existe, pero no es tan extrema como sugieren los gráficos virales.

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¿Significa esto que no hay problemas? En absoluto.

La vivienda sigue siendo menos accesible para los jóvenes. La desigualdad de riqueza es real: el 10% más rico controla cerca del 70% del patrimonio. Eso no es menor.

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Pero tampoco estamos en ese escenario casi distópico que a veces parece dibujar Twitter o LinkedIn. La realidad es más compleja, menos extrema y, sobre todo, menos binaria.

El problema de los datos económicos hoy no es la falta de información, sino el exceso de narrativa. Coges un dato, lo exageras, lo simplificas y lo conviertes en una historia fácil de digerir. Y claro, eso genera clics… y enfado.

La lección aquí es sencilla: no todo lo que parece obvio en un gráfico viral es verdad. Muchas veces encaja demasiado bien con lo que queremos creer.

Así que sí, hay problemas estructurales. Pero no dejes que los datos —mal interpretados— te hagan más pesimista de lo necesario. Porque en mercados y en economía, como en casi todo, la realidad rara vez es tan simple como parece.