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 Jason Goepfert es presidente y CEO de Sundial Capital Research. Editor de SentimenTrader.com, una web de referencia internacional con suscriptores en más de 50 países.
Jason Goepfert / SentimenTrader

 

Cuando el S&P 500 marca un mínimo de tres meses y completa lo que muchos consideran una figura de techo, el mercado entra en esa fase en la que el ruido se dispara. Los titulares se vuelven dramáticos, las redes sociales descubren que “todo estaba clarísimo” y el inversor medio empieza a preguntarse si esto es solo una corrección normal o el comienzo de algo mucho más feo. La realidad, como casi siempre en bolsa, es menos cinematográfica y más incómoda: todavía no está decidido.

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La primera clave está en la famosa media móvil de 200 sesiones. Esa es, en muchos sentidos, la línea que separa una tendencia alcista madura pero intacta de un deterioro más serio. Históricamente, cuando el índice llega a este punto después de una caída como la actual, el comportamiento posterior suele depender de si esa zona aguanta o se rompe con claridad. Según el patrón que planteas, si el soporte se mantiene, el S&P 500 ha mostrado una tasa de éxito del 72% en el mes siguiente. No es garantía de nada, pero tampoco es una estadística menor.

Eso encaja bastante bien con la lógica de mercado. Muchas correcciones sanas se parecen mucho a un desastre justo en el momento en que ocurren. El precio cae, se activan stops, la amplitud se deteriora y aparece el clásico sentimiento de “esto se va a cero”, que en bolsa suele ser una forma elegante de decir “llego tarde al pánico”. En este caso, la caída ha venido acompañada de un washout de amplitud: menos del 40% de los valores del S&P 500 cotizan por encima de su media de 50 días. Eso refleja debilidad interna, sí, pero también empieza a acercar al mercado a una zona donde las condiciones de sobreventa pueden generar rebotes violentos.

Y aquí está el matiz importante. Debilidad no siempre significa mercado bajista. A veces significa simplemente limpieza. Los mercados alcistas no suben en línea recta. Necesitan purgar excesos, enfriar el optimismo, sacar a los compradores tardíos y recordarles a todos que el riesgo existe. De hecho, cuanto más se alarga una tendencia alcista, más necesarias se vuelven estas fases de descarga. El problema es que, desde dentro, una limpieza siempre parece el fin del mundo. Ya sabes cómo funciona esto: cuando sube, “es obvio”; cuando corrige, “era inevitable”. El mercado tiene la amabilidad de humillar a los dos bandos.

Lo que sí sería más preocupante es una ruptura limpia y sostenida de la media de 200 días acompañada de más deterioro de amplitud y pérdida de liderazgo en los sectores clave. Ahí el cuadro cambiaría. Porque una cosa es una corrección dentro de tendencia y otra muy distinta es un cambio de régimen. Mientras ese soporte siga vivo, el escenario base todavía puede ser el de una sacudida saludable, no el de un auténtico mercado bajista.

Además, los extremos de amplitud tienen una costumbre bastante molesta para los bajistas entusiastas: suelen generar rebotes importantes. Si el porcentaje de valores por encima de su media de 50 días cae aún más, el mercado podría entrar en una fase de sobreventa extrema. Y cuando eso sucede, basta muy poco para que aparezca una recuperación agresiva. No porque los fundamentales hayan mejorado mágicamente en 24 horas, sino porque el posicionamiento se vuelve demasiado unilateral y la presión vendedora se agota.

En resumen, el aspecto técnico de corto plazo se ha deteriorado y la caída da miedo, como suelen dar miedo casi todas las correcciones reales. Pero la historia sugiere que esto podría seguir siendo una purga normal dentro de un ciclo alcista, siempre que la media de 200 sesiones se mantenga. Dicho de otro modo: el mercado está herido, pero no necesariamente roto. Si el soporte aguanta, el pánico actual puede acabar pareciendo más una oportunidad de limpieza que el principio del Apocalipsis bursátil. Si no aguanta, entonces sí habrá que empezar a hablar en serio de otra cosa.