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 Jason Goepfert es presidente y CEO de Sundial Capital Research. Editor de SentimenTrader.com, una web de referencia internacional con suscriptores en más de 50 países.
Jason Goepfert / SentimenTrader

 

Hay señales de mercado que aparecen con frecuencia y otras que, cuando saltan, obligan a prestar atención aunque uno no quiera. La activación oficial del S-TCTM Risk-Warning Model pertenece claramente al segundo grupo. Según el dato que planteas, este sería apenas su alerta número 17 desde 1979. Eso ya nos da una pista importante: no estamos hablando de un ruido estadístico cualquiera, sino de una señal poco común que históricamente ha coincidido con entornos bastante más incómodos para la renta variable.

La lectura de fondo es sencilla: los internos del mercado se están debilitando. Y cuando eso ocurre, el problema no suele ser únicamente que el S&P 500 suba menos, sino que la distribución de resultados empeora. Es decir, las probabilidades de rentabilidades pobres aumentan y, además, el riesgo tiende a concentrarse más en el lado bajista. Dicho en castellano de mercado: cuando esta señal aparece, el premio por asumir riesgo suele reducirse justo cuando el castigo potencial empieza a crecer.

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Eso no significa necesariamente que mañana vaya a producirse un desplome, ni que haya que liquidar toda la cartera y esconderse debajo de la cama como si viniera el Apocalipsis financiero. Pero sí implica algo más incómodo para muchos inversores: la fase del mercado cambia. Y cuando cambia la fase, seguir operando o invirtiendo con la misma agresividad que en un entorno expansivo suele ser una mala idea.

Históricamente, este tipo de señal ha tendido a castigar con mayor intensidad a los sectores más cíclicos, aquellos que dependen de que el crecimiento siga firme, la liquidez acompañe y el apetito por el riesgo se mantenga vivo. En ese contexto, sectores como industriales, consumo discrecional, materiales o incluso determinadas áreas de tecnología suelen perder tracción antes que el índice general. No porque sus compañías se vuelvan malas de repente, sino porque el mercado deja de pagar con alegría por crecimiento futuro cuando el trasfondo interno se deteriora.

Por eso, el movimiento lógico en este tipo de entorno no suele ser “adivinar el suelo” ni intentar exprimir el último tramo alcista de los activos más agresivos, sino rotar hacia una postura más defensiva. Eso puede significar elevar liquidez, reducir beta, favorecer sectores históricamente más resistentes como salud, consumo básico o utilities, y revisar si el tamaño de las posiciones sigue teniendo sentido. La prioridad deja de ser maximizar rentabilidad inmediata y pasa a ser algo mucho menos excitante pero bastante más profesional: preservar capital.

La preservación de capital tiene mala prensa en fases alcistas porque suena aburrida. Pero en la práctica es una de las ventajas más infravaloradas de largo plazo. Un inversor o trader que evita grandes daños no necesita heroicidades posteriores para recuperar el terreno perdido. Y esa es precisamente la lógica de los modelos de advertencia: no te dicen siempre cuándo vender el máximo ni cuándo recomprar el mínimo, pero sí pueden ayudarte a evitar operar con exceso de confianza justo cuando las estadísticas dejan de estar de tu lado.

También conviene recordar que los mercados rara vez pasan de “todo va bien” a “todo se hunde” en línea recta. Lo habitual es una fase intermedia: más volatilidad, más dispersión, más rotaciones bruscas y más falsas señales. Ese tipo de mercado desgasta mucho, especialmente al inversor acostumbrado a comprar cualquier caída y al trader que necesita tendencia limpia para obtener buenos resultados. En otras palabras, el peligro no siempre llega en forma de crash; muchas veces llega en forma de desgaste.

En resumen, si este modelo de riesgo ha vuelto a activarse, la historia sugiere que no es momento para heroicidades ni para jugar al “ya pasará”. Lo prudente sería aceptar que el mercado puede estar entrando en una fase menos agradecida, en la que la defensa pesa más que el ataque. No porque el ciclo haya terminado necesariamente, sino porque cuando los internos se debilitan, la cautela deja de ser cobardía y pasa a ser disciplina.